Muerte mexicana

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“El tren ha salido y ella ha marchado sin volver la cabeza.

Parece que el tiempo se hubiera congelado en aquella fría estación de Cambre, en ese instante en el que ambos nos despedimos sabiendo que era la última vez. La última caricia, la última mirada, el último susurro, el último beso…

Guadalupe regresaba a Tijuana para cumplir la promesa que le hizo a su padre antes de venir a vivir su aventura española: casarse con un joven de buena familia al que ella no conocía.

Desde aquel primer día en clase en que ella me pidió una “pluma”, refiriéndose al bolígrafo, supe que estaba herido de muerte por aquello que llaman muerte mexicana. Aquella chavita me embrujó y estos ocho meses juntos han sido como un sueño en el que ambos intentábamos no despertarnos para olvidar la dura realidad: nuestra relación tenía fecha de caducidad.

Todas las mañanas me levantaba pensando en su sonrisa, sus oscuros ojos, aquellos ojos que me miraban con deseo y esos carnosos labios que con sólo decir “buenos días” me transportaban hasta otra dimensión.

No puedo creer que nunca más vuelva a sentirla entre mis brazos, entre mis sábanas y que aquellos días en los que sólo nos dedicábamos a mirarnos y querernos creando nuestro propio micro-mundo durante unas horas, sean cosa del pasado.

Pero sí, el tren ha salido, Guada ha marchado y sólo me queda esperar a que otro nuevo tren venga para seguir mi camino.”

Minimizo la ventana del blog donde acabo de leer este romántico texto y escribo en el navegador la dirección de la web de contactos que suelo utilizar. En el casillero de búsqueda marco:

Sexo: Mujer. Edad: 18-30 años. Origen: Mexico

Mientras salen los resultados de la búsqueda, pienso: A ver si  encuentro mi propia muerte mexicana.

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