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Microrrelato: Que nunca se apague la luz

Una niña que desde el otro lado del armario soñaba, mas no soñaba mientras dormía, sino durante el día, cuando todo el mundo adulto que la rodeaba, giraba sobre ella.

—Mari Luz, no olvides recoger tu habitación— repite incesantemente mi madre mientras papá me pregunta si he terminado las tareas de la escuela.

Cada vez que escucho estas cansinas palabras me acuerdo de mi muñeca Rosa, que silenciosamente permanece en el armario esperando a que los adultos prosigan con sus labores y yo la coja entre mis manos.

Un día papá interrumpió en el cuarto cuando estaba hablando con Rosa, y él, con su habitual tono de progenitor aburrido me espetó que ya no tenía edad para jugar con muñecas. Mi padre no sabía lo que decía, ¿cómo iba a dejar de lado a Rosa, si era la única que me entendía y escuchaba sin reproches?.

No me gusta que me prohíban saltar en los charcos.

No me gusta tener que dibujar en folios teniendo paredes para pintar.

No me gusta escuchar que juego con amigos imaginarios.

No me gusta lo que hacen los mayores.

Si ser adulto significa perder lo que más me importa, no creceré.

Seré como Peter Pan en el País de Nunca Jamás.

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—¡Mamá, mamá! ¡Despierta! ¡Que te pierdes cuando Peter Pan lucha con el Capitán Garfio!.

Con el sonido de estas palabras volví a la realidad, donde me encontraba sentada al lado de mi hija de siete años y la luz que desprende su mirada de niña: alegre, inocente y feliz.

No quiero que mi pequeña pierda esa luz y que se apague como yo lo hice. Nunca más le volveré a decir que se vaya a la cama, porque un día se despertará y será mayor.

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